equivocarme.
Puedo olvidar dónde dejé las llaves.
Puedo tomar una mala decisión.
Puedo cometer un error en una cuenta y corregirlo.
Nada de eso significa que otra persona deba gobernar mi vida.
Mi tía Teresa me dejó departamentos, inversiones y dinero.
Pero después de todo aquello comprendí que ninguna herencia vale tanto como poder confiar en tu propia voz.
Esa tarde cerré mi laptop y salí a comprarme unos zapatos que llevaba semanas mirando.
No pregunté a nadie si eran demasiado caros.
No pedí permiso.
No necesitaba justificarme.
Antes de