salir, miré por última vez hacia la habitación.
Debajo de mi cama solo había piso limpio y, probablemente, algún otro calcetín perdido.
Sonreí.
Mauricio creyó que si lograba hacerme dudar de mí misma podría quedarse con todo.
Al final perdió su matrimonio, su estabilidad y mi respeto.
Yo conservé el dinero.
Pero, sobre todo, recuperé algo que nunca volveré a entregar a nadie:
Cuando llegaron los agentes, fotografiaron cada pieza antes de retirarla.
La cámara.
El micrófono.
El teléfono.
Los cables.
Y finalmente aquella carpeta negra.
Mi abogado, Alejandro Méndez,