vi una lente.
Una cámara.
Junto a ella había un micrófono diminuto, cables conectados a un teléfono viejo y una carpeta negra sujetada debajo de la cama.
Sentí que todo el dormitorio se inclinaba.
Doce años había dormido allí.
Allí me cambiaba de ropa. Allí lloraba. Allí hablaba con mi esposo sobre mi herencia, mi trabajo, mis temores.
Mi primer impulso fue arrancarlo todo.
Ernesto me detuvo.
—No lo haga. Esto puede ser evidencia.
Saqué mi celular.
Busqué el nombre de Mauricio.
Mi dedo quedó suspendido sobre el botón de