a creer que no necesitabas a nadie —murmuró.
—Aprendí a no necesitarte porque depender de ti dolía demasiado.
Álvaro sacó del bolsillo un pequeño estuche. Lucía retrocedió.
—No quiero otra joya.
—No lo es.
Dentro estaban las alas de comandante de su padre, desaparecidas desde que cerraron el viejo aeroclub de Cuatro Vientos. Álvaro había recorrido almacenes y archivos hasta encontrarlas en una caja sin reclamar.
—No es un motivo para quedarte —dijo—. Es para que recuerdes quién eras antes de empezar a conformarte conmigo.
Lucía sostuvo la insignia con