ojos. Había esperado esa pregunta durante 3 años, y llegaba cuando ya no podía cambiar nada.
—Dile que sí.
La respuesta de Álvaro fue breve:
—Entonces es suficiente.
Lucía empujó las palancas. Madrid quedó bajo las nubes y, por primera vez, marcharse no se pareció a perder.
Buenos Aires le devolvió partes de sí misma que creía agotadas. Alquiló un piso luminoso en Palermo, volvió a correr junto a los bosques y aceptó rutas a Santiago, Roma, Johannesburgo y Madrid. La aerolínea la nombró instructora de nuevos comandantes. En 6