Al día siguiente de mi 35 cumpleaños oí confirmar la cena privada para Clara en el Palacio de Linares. Él recordaba su alergia y olvidaba mi cumpleaños, y su madre sentenció: “algunas esposas ocupan una casa, pero otras ocupan el corazón”. No lloré, dejé el divorcio firmado y pedí traslado definitivo a Buenos Aires. Debajo encontré su nota: cuando me fuera, las acciones volverían a su sitio.

meses, su fotografía apareció en una revista bajo un titular que su padre habría recortado: “Lucía Ferrer, la española que hizo del cielo su casa”.

Álvaro no la llamó para pedirle que regresara. Antes de cada travesía larga enviaba el mismo mensaje: “Buen vuelo, capitana”. Ella respondía algunas veces. Otras, no.

El divorcio quedó firme en enero. Lucía lloró 12 minutos, no porque quisiera volver, sino porque por fin pudo despedirse de la mujer que había confundido paciencia con amor.

Mientras tanto, Álvaro dejó la dirección ejecutiva durante 1 año,