Al día siguiente de mi 35 cumpleaños oí confirmar la cena privada para Clara en el Palacio de Linares. Él recordaba su alergia y olvidaba mi cumpleaños, y su madre sentenció: “algunas esposas ocupan una casa, pero otras ocupan el corazón”. No lloré, dejé el divorcio firmado y pedí traslado definitivo a Buenos Aires. Debajo encontré su nota: cuando me fuera, las acciones volverían a su sitio.

esposa que fuiste —dijo—. Quiero saber si algún día aceptarías construir conmigo una vida que no se parezca a aquella.

—¿Y si mi carrera sigue siendo mi prioridad?

—Aprenderé tus horarios.

—¿Y si vuelven a trasladarme?

—Compraremos 2 billetes.

—¿Y si necesito tiempo?

—Esta vez sabré esperar sin exigirte que te quedes quieta.

Lucía miró al hombre que tenía delante. Tenía el mismo rostro, pero ya no buscaba poseer lo que temía perder. Y ella tampoco era la mujer que aceptaba migajas por llamar amor a la resistencia.

—Sí —dijo.