Al día siguiente de mi 35 cumpleaños oí confirmar la cena privada para Clara en el Palacio de Linares. Él recordaba su alergia y olvidaba mi cumpleaños, y su madre sentenció: “algunas esposas ocupan una casa, pero otras ocupan el corazón”. No lloré, dejé el divorcio firmado y pedí traslado definitivo a Buenos Aires. Debajo encontré su nota: cuando me fuera, las acciones volverían a su sitio.

No celebraron una boda enorme. Firmaron en Cádiz ante 12 personas y cenaron frente al mar. Clara envió una tarjeta. Pilar asistió sin pronunciar discursos. Julián, el director que había aprobado el traslado, llevó las antiguas alas del padre de Lucía prendidas en un cojín.

Años después, una periodista preguntó a Lucía cuál había sido la decisión más importante de su carrera. Todos esperaban que mencionara su primer vuelo como comandante o el día en que fue nombrada directora internacional de operaciones.

—Comprar un billete de ida —respondió.

—¿Porque así