ENTREGUÉ A MI HIJA EN ADOPCIÓN DESDE LA CÁRCEL… TREINTA AÑOS DESPUÉS, VOLVIÓ PARA SALVARME LA VIDA.

lloraba.

—Me diste una oportunidad que tú no podías darme entonces.

Tuve unos padres maravillosos.

Fui feliz.

Pude estudiar.

Y nunca dejé de preguntarme quién eras.

No podía creer lo que estaba escuchando.

—¿Me buscaste?

—Durante muchos años.

—¿Y justo me encontraste ahora, enferma y despeinada? Qué mala suerte la tuya.

Ana soltó una carcajada entre lágrimas.

—Tienes el mismo sentido del humor que imaginaba.

Pasamos horas hablando.

Ella me contó de su infancia.

De sus padres adoptivos.

De la universidad.

De cómo había encontrado mi nombre revisando antiguos expedientes