ENTREGUÉ A MI HIJA EN ADOPCIÓN DESDE LA CÁRCEL… TREINTA AÑOS DESPUÉS, VOLVIÓ PARA SALVARME LA VIDA.

miró y dijo:

—Descansa, mamá.

Sentí que el tiempo se detenía.

Nadie me había llamado así desde el día en que nació.

Las lágrimas volvieron.

—¿Puedes decirlo otra vez?

Ana sonrió.

—Mamá.

Cerré los ojos.

Y por primera vez en décadas sentí que una parte de mí volvía a su lugar.

Cuando recibí el alta, Ana insistió en llevarme a su casa.

Decía que solo sería por unos días mientras terminaba de recuperarme.

Esos “unos días” ya llevan ocho meses.

Ahora vivo en el pequeño departamento que está debajo del