miró y dijo:
—Descansa, mamá.
Sentí que el tiempo se detenía.
Nadie me había llamado así desde el día en que nació.
Las lágrimas volvieron.
—¿Puedes decirlo otra vez?
Ana sonrió.
—Mamá.
Cerré los ojos.
Y por primera vez en décadas sentí que una parte de mí volvía a su lugar.
Cuando recibí el alta, Ana insistió en llevarme a su casa.
Decía que solo sería por unos días mientras terminaba de recuperarme.
Esos “unos días” ya llevan ocho meses.
Ahora vivo en el pequeño departamento que está debajo del