cruel conmigo, decidió regalarme un último milagro.
La hija que entregué para salvarle la vida…
Regresó convertida en la médica que terminó salvando la mía.
Y cada noche, antes de dormir, la escucho gritar desde el piso de arriba:
—¡Mamá! ¿Ya tomaste la medicina?
Yo respondo:
—¡Sí!
Y unos segundos después vuelve a gritar:
—¡No te creo!
Entonces me río sola mientras voy a buscar las pastillas.
Porque después de tantos años, descubrí que el amor verdadero nunca desaparece.
A veces solo necesita toda una vida para encontrar el camino