esposo.
No tenía hijos.
Nadie a quien llamar.
Nadie que esperara noticias mías.
Mientras otras pacientes recibían flores, visitas y comida casera, a mí solo me acompañaban el silencio y una bandeja de gelatina.
Al segundo día entró una doctora joven.
No tendría más de treinta años.
Llevaba el cabello recogido y el cansancio dibujado en el rostro, como todos los médicos que trabajan demasiadas horas.
Se presentó.
—Buenos días. Soy la doctora Ana Ferrer. Voy a revisar sus estudios.
Era amable.
Demasiado amable.
Me revisó con mucho cuidado.
Después