ENTREGUÉ A MI HIJA EN ADOPCIÓN DESDE LA CÁRCEL… TREINTA AÑOS DESPUÉS, VOLVIÓ PARA SALVARME LA VIDA.

esposo.

No tenía hijos.

Nadie a quien llamar.

Nadie que esperara noticias mías.

Mientras otras pacientes recibían flores, visitas y comida casera, a mí solo me acompañaban el silencio y una bandeja de gelatina.

Al segundo día entró una doctora joven.

No tendría más de treinta años.

Llevaba el cabello recogido y el cansancio dibujado en el rostro, como todos los médicos que trabajan demasiadas horas.

Se presentó.

—Buenos días. Soy la doctora Ana Ferrer. Voy a revisar sus estudios.

Era amable.

Demasiado amable.

Me revisó con mucho cuidado.

Después