ENTREGUÉ A MI HIJA EN ADOPCIÓN DESDE LA CÁRCEL… TREINTA AÑOS DESPUÉS, VOLVIÓ PARA SALVARME LA VIDA.

preguntó:

—¿Tiene algún familiar a quien podamos llamar?

Negué con la cabeza.

—No.

Guardó silencio unos segundos.

—¿Nadie?

Intenté bromear.

—Si me pasa algo, mis únicas herederas son dos plantas secas y una manta vieja.

Ella sonrió apenas.

Pero no dejó de mirarme.

Como si intentara recordar algo.

De pronto metió la mano en el bolsillo del guardapolvo.

Sacó una pequeña cadena.

Y colgando de ella había una diminuta medalla de plata con forma de luna.

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

Conocía esa medalla.

La había comprado