preguntó:
—¿Tiene algún familiar a quien podamos llamar?
Negué con la cabeza.
—No.
Guardó silencio unos segundos.
—¿Nadie?
Intenté bromear.
—Si me pasa algo, mis únicas herederas son dos plantas secas y una manta vieja.
Ella sonrió apenas.
Pero no dejó de mirarme.
Como si intentara recordar algo.
De pronto metió la mano en el bolsillo del guardapolvo.
Sacó una pequeña cadena.
Y colgando de ella había una diminuta medalla de plata con forma de luna.
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
Conocía esa medalla.
La había comprado