cuando estaba embarazada.
La había escondido dentro de la manta de mi bebé antes de firmar la adopción.
Era imposible.
La doctora levantó lentamente la vista.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—¿Usted estuvo en prisión hace más de treinta años?
Mi cuerpo entero comenzó a temblar.
—¿Cómo… cómo sabe eso?
Respiró hondo.
—Porque esa medalla estaba conmigo cuando fui entregada en adopción.
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
—Mis padres adoptivos me llamaron Ana.
Pero en el expediente había un nombre escrito a mano por una mujer.