profundamente.
—También vine a pedirle perdón. La acusé de envenenar a mi hija.
—Te equivocaste en eso —respondió Teresa—. Pero no te equivocaste en todo. Yo sabía.
Entonces habló.
Había empezado a sospechar al ver las manos grises de Mauricio.
Después notó el mismo polvo en Camila.
El olor metálico del automóvil, los dolores abdominales, la anemia, los cambios de comportamiento.
Un día interrogó a su nieta hasta que Camila mencionó la bodega.
Teresa fue sola.
Eduardo, creyendo que era alguien interesado en vender baterías usadas, le permitió entrar.
Vio