aquel momento ella probablemente habría sospechado de Teresa.
—Yo quise creerle —continuó la mujer—. Limpiaba el tapete, el piso, los zapatos. Le lavaba las manos a Camila al llegar. Le daba hierro porque sabía que la deficiencia podía empeorar la absorción del plomo. Pensaba que sólo necesitábamos aguantar unos días hasta que Mauricio cerrara el taller.
—Usted sabía que estaba enferma.
—Sí.
—Y eligió proteger a su hijo.
Teresa cerró los ojos.
—Sí.
Aquella respuesta dolió más que cualquier excusa.
Teresa sacó después un documento.
Era un pagaré firmado por