me veía como la mujer derrotada cuya vida podía ocupar sin consecuencias.
Adrian señaló las escaleras.
—Puedes llevarte lo que necesites. Si quieres, mañana mando el resto a un almacén.
—No será necesario.
—Emily…
—He dicho que no será necesario.
Subí.
Entré en el dormitorio que habíamos compartido durante siete años.
Había fotografías nuestras sobre la cómoda.
París.
Aspen.
Miami.
Nuestra primera oficina.
La noche en que Adrian consiguió su primer millón.
En aquella foto tenía el brazo alrededor de mis hombros.
En la parte posterior había escrito:
“Todo lo