Colgué.
Y comprendí que llevaba toda mi vida aprendiendo a callarme para que otros estuvieran cómodos.
Doña Carmen permaneció conmigo.
Limpiamos crema de las paredes, recogimos copas y quitamos globos desinflados. En el lavabo encontré el anillo de matrimonio de Alejandro.
Lo guardé en un cajón.
Todavía no tenía fuerzas para tirarlo.
Al día siguiente, mi suegra colocó unos documentos sobre la mesa.
—Quiero hacerte un contrato de arrendamiento.
La miré pensando que había escuchado mal.
—¿A mí?
—Sí. Vas a quedarte aquí mientras arreglas tu vida. Y quiero que