estaba temblando cuando doña Carmen se colocó entre nosotros.
Pero no me miró a mí.
Miró a su hijo.
—No —dijo con una frialdad que hizo callar a todos—. Tú querías un público. Querías humillarla frente a nosotros y después convertirla en la culpable.
Alejandro tomó su maleta.
—Me voy. Hablaremos cuando ella se calme.
Doña Carmen apretó los puños.
—Vete.
Él sonrió con arrogancia.
—Al menos mañana regreso por mis cosas. Esta también es mi casa.
Mi suegra levantó lentamente la mirada.
Y dijo algo que hizo desaparecer la