sonrisa de su hijo.
—No, Alejandro. Esta casa jamás ha sido tuya.
Ninguno de nosotros podía imaginar lo que esa frase iba a provocar.
PARTE 2
Alejandro se quedó inmóvil.
La casa de Coyoacán había pertenecido a su abuelo. Después de su muerte, por cuestiones de herencia que yo nunca entendí demasiado, la propiedad quedó legalmente a nombre de doña Carmen.
Nosotros vivíamos allí desde que nos casamos.
Alejandro siempre hablaba de ella como “mi casa”.
Pero legalmente no lo era.
—Mamá, no empieces —gruñó.
Continua en la siguiente pagina
—