era la gente con la que compartías sangre o apellido.
A veces era una amiga que dudaba cuando tú no querías dudar.
Una anciana desconocida que decidía advertirte.
Dos mujeres heridas que regresaban a enfrentar al hombre que las había destruido.
O una vecina que cuidaba la casa de una mujer a la que apenas conocía porque había dado su palabra.
En agosto, Daniela pidió una licencia en su trabajo y viajó a Progreso.
Camila la acompañó unos días.
Sentadas en la terraza, viendo cómo el cielo se teñía sobre