A principios de otoño compraron el terreno de al lado.
El propietario era Alejandro Salgado, un ingeniero de treinta y cinco años que planeaba construir un pequeño hotel boutique.
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La primera vez que se acercó a Daniela no llevó flores.
No le dijo que era hermosa.
No habló del destino.
—Voy a empezar obra la próxima semana —explicó—. Habrá ruido y camiones. Si algo invade tu entrada, llámame y lo soluciono.
Daniela casi agradeció que fuera tan poco romántico.
Alejandro aparecía de vez en cuando para tomar café con