Fui a llevarle comida a mi marido al hospital, abrí una puerta equivocada y una anciana me detuvo: “Huye de él. Ayer escuché hablar de tu herencia y de 5 millones de pesos”. Regresé a su habitación como si nada y, cuando me pidió firmar un poder, respondí: “Por supuesto”. Él sonrió convencido de que había ganado… sin saber quiénes lo esperarían en la notaría.

doña Lupita y terminaba arreglando alguna llave, moviendo un mueble o ayudando con las cajas.

Jamás preguntó quién era el padre del bebé.

Cuando el embarazo comenzó a notarse, solamente dijo:

—Si alguna vez necesitas que te lleve al hospital, mi teléfono está encendido día y noche.

Daniela mantuvo distancia.

Había aprendido que los hombres demasiado perfectos podían esconder monstruos.

Pero Alejandro no intentaba ser perfecto.

Llegaba cansado.

Se quejaba del precio del cemento.

Odiaba levantarse temprano.

Quemaba las tortillas cuando intentaba cocinar.

Y nunca prometía algo que después no