Corrió hacia ella.
—¿Ya?
Daniela apenas pudo asentir.
Alejandro tomó las llaves del auto.
—Vámonos.
—Puedo llamar un taxi.
—Puedes. Pero mientras lo haces, yo ya te llevé.
Durante todo el camino Daniela le apretó la mano con tanta fuerza que después le dejó marcas.
Alejandro no se quejó.
Horas más tarde nació Sergio.
Cuando Daniela despertó, encontró a Alejandro dormido en una silla del pasillo.
No tenía obligación de estar allí.
Se había quedado porque quiso.
Durante los siguientes meses tampoco desapareció.
Nunca intentó ocupar un lugar que no