ella.
Rodrigo apareció en la puerta media hora después.
Ya no parecía el hombre silencioso que había dormido en mi recibidor.
Parecía alguien que acababa de recordar de golpe el peso de su vida.
—Rodrigo Montiel —dije—. ¿Eso sí es verdad?
Asintió.
—¿Y también es verdad que no podías hablar?
Bajó la mirada.
Tomó el cuaderno.
“Podía.”
Sentí que algo dentro de mí se endurecía.
—¿Desde cuándo?
Escribió:
“Desde el segundo día.”
Me quedé helada.
Todo encajó de una forma horrible.
Cada pregunta que le hice.
Cada vez que negó