No.
Lo dijo sin defenderse, y eso me desarmó más que cualquier excusa.
—El segundo día ya podía hablar —continuó—. No bien, pero podía. Pensé decirte la verdad. Luego escuché a una vecina juzgarte por haberme metido a tu casa. Escuché cómo mencionó a Víctor. Tú saliste y la enfrentaste sin gritar. Regresaste, me viste y seguiste haciendo la comida como si no fueras a permitir que nadie decidiera por ti. Y pensé… quiero quedarme un día más.
—Después fueron siete.
—Sí.
—Mientras tu madre te buscaba.
Rodrigo cerró los