Rodrigo no intentó tocarme.
Eso también lo noté.
—Víctor venía aquí cuando estaba enojado —dije.
—¿Contigo?
—Con el mundo. A veces conmigo. Decía que los peces eran mejores escuchando que yo.
Rodrigo sonrió.
—¿Y lo eran?
—No. Pero discutían menos.
Nos sentamos.
Le conté de mi matrimonio, también de lo difícil: las discusiones, los meses sin dinero, la llamada del accidente. Rodrigo escuchó sin intentar arreglarlo, sin competir con un muerto. Eso importó.
Después él me habló de la sierra.
De las noches en que pensó que no despertaría, de