hospital, todas las piezas del rompecabezas encajaron en mi cabeza. Semanas antes del viaje, yo ya había descubierto cosas que guardé en silencio. Había encontrado en el saco de Diego un ticket de Cartier por una pulsera de ochenta mil pesos. Días después, lo vi de lejos abriéndole la puerta de su camioneta a Valeria, una mujer de treinta y cuatro años que había sido su gerente de ventas. Pero lo más escalofriante fue un mensaje que vi por accidente en el iPad de mi suegra. Diego le había escrito: “
Durante dieciocho años le entregué mi juventud, mi dinero y mi paciencia a un hombre que me traicionó de la manera más baja, planeando un falso accidente náutico para tirarme al mar y apoderarse de la única propiedad que me quedaba en el mundo para entregársela a su amante en turno y a su madre alcahueta; logré sobrevivir de milagro a las aguas heladas y, cuando volví a casa diez días después con una carpeta de pruebas contundentes bajo el brazo, lo encontré brindando con champaña en la sala junto a su nueva familia; saqué mi teléfono, abrí el expediente de la fiscalía y le dije simplemente: “Salúdame a la policía cuando lleguen por ti”, antes de ver cómo su mundo perfecto se desmoronaba en mil pedazos frente a sus propios ojos.