hospital en la costa.
Cuando los médicos me estabilizaron, pedí que llamaran a mi hermano Alejandro, pero les rogué con desesperación: “Por favor, no le avisen a mi esposo”. Cuando Alejandro llegó, tenía los ojos inyectados en sangre. Me abrazó llorando y me contó lo increíble: Diego ya había reportado mi desaparición, haciéndose la víctima, jurando a las autoridades que habíamos discutido, que yo me había quedado sola en la cubierta y que, al regresar, yo ya no estaba. Estaba fingiendo mi accidente perfecto.
Mientras estaba en la cama del