Durante dieciocho años le entregué mi juventud, mi dinero y mi paciencia a un hombre que me traicionó de la manera más baja, planeando un falso accidente náutico para tirarme al mar y apoderarse de la única propiedad que me quedaba en el mundo para entregársela a su amante en turno y a su madre alcahueta; logré sobrevivir de milagro a las aguas heladas y, cuando volví a casa diez días después con una carpeta de pruebas contundentes bajo el brazo, lo encontré brindando con champaña en la sala junto a su nueva familia; saqué mi teléfono, abrí el expediente de la fiscalía y le dije simplemente: “Salúdame a la policía cuando lleguen por ti”, antes de ver cómo su mundo perfecto se desmoronaba en mil pedazos frente a sus propios ojos.

a buscarlo para matarlo a golpes, pero mi abogada, Mariana, nos detuvo. “Si haces un escándalo ahora, él sabrá que ella está viva y destruirá las pruebas. Hay que dejar que se hunda solo”. Pasé varios días oculta en el hospital, mientras Diego lloraba lágrimas de cocodrilo frente a mi madre, fingiendo estar destrozado por mi “muerte”.

Al quinto día, me dieron el alta con el brazo en un cabestrillo. Le pedí a Alejandro que me llevara directamente a mi casa. No avisé, no llamé. Llegamos al anochecer. Desde la