a buscarlo para matarlo a golpes, pero mi abogada, Mariana, nos detuvo. “Si haces un escándalo ahora, él sabrá que ella está viva y destruirá las pruebas. Hay que dejar que se hunda solo”. Pasé varios días oculta en el hospital, mientras Diego lloraba lágrimas de cocodrilo frente a mi madre, fingiendo estar destrozado por mi “muerte”.
Al quinto día, me dieron el alta con el brazo en un cabestrillo. Le pedí a Alejandro que me llevara directamente a mi casa. No avisé, no llamé. Llegamos al anochecer. Desde la