Durante dieciocho años le entregué mi juventud, mi dinero y mi paciencia a un hombre que me traicionó de la manera más baja, planeando un falso accidente náutico para tirarme al mar y apoderarse de la única propiedad que me quedaba en el mundo para entregársela a su amante en turno y a su madre alcahueta; logré sobrevivir de milagro a las aguas heladas y, cuando volví a casa diez días después con una carpeta de pruebas contundentes bajo el brazo, lo encontré brindando con champaña en la sala junto a su nueva familia; saqué mi teléfono, abrí el expediente de la fiscalía y le dije simplemente: “Salúdame a la policía cuando lleguen por ti”, antes de ver cómo su mundo perfecto se desmoronaba en mil pedazos frente a sus propios ojos.

la puerta, pálida como el papel.

—¿Estás… estás viva? —tartamudeó Diego, con la voz temblorosa, dando un paso hacia atrás como si yo fuera a atacarlo.

—Para tu desgracia, sí, Diego. Sigo viva —respondí con una calma que me sorprendió hasta a mí misma. Mi madre, Doña Rosa, que estaba descansando en su habitación de la planta baja, salió al escuchar el alboroto. Al verme, rompió en llanto y corrió a abrazarme como pudo con su bastón.

Diego, intentando recuperar el control, trató de acercarse con los brazos abiertos, forzando