la puerta, pálida como el papel.
—¿Estás… estás viva? —tartamudeó Diego, con la voz temblorosa, dando un paso hacia atrás como si yo fuera a atacarlo.
—Para tu desgracia, sí, Diego. Sigo viva —respondí con una calma que me sorprendió hasta a mí misma. Mi madre, Doña Rosa, que estaba descansando en su habitación de la planta baja, salió al escuchar el alboroto. Al verme, rompió en llanto y corrió a abrazarme como pudo con su bastón.
Diego, intentando recuperar el control, trató de acercarse con los brazos abiertos, forzando