Durante dieciocho años le entregué mi juventud, mi dinero y mi paciencia a un hombre que me traicionó de la manera más baja, planeando un falso accidente náutico para tirarme al mar y apoderarse de la única propiedad que me quedaba en el mundo para entregársela a su amante en turno y a su madre alcahueta; logré sobrevivir de milagro a las aguas heladas y, cuando volví a casa diez días después con una carpeta de pruebas contundentes bajo el brazo, lo encontré brindando con champaña en la sala junto a su nueva familia; saqué mi teléfono, abrí el expediente de la fiscalía y le dije simplemente: “Salúdame a la policía cuando lleguen por ti”, antes de ver cómo su mundo perfecto se desmoronaba en mil pedazos frente a sus propios ojos.

una expresión de alivio que daba asco. —¡Mi amor! ¡Gracias a Dios! ¡Te busqué por todas partes, pensé que te había perdido para siempre!

Alejandro se interpuso al instante, empujándolo con fuerza por el pecho. —¡Ni se te ocurra tocarla, infeliz asesino!

—¿Asesino? —Diego fingió indignación, mirando a Valeria y luego a su madre—. ¡Yo no hice nada! Lucía, mi amor, estábamos discutiendo y te resbalaste… Yo no te vi caer, te lo juro.

Lo miré con un desprecio profundo. No había rabia en mí, solo un asco absoluto. —¿Resbalarme?