Sentí tus manos en mi espalda, Diego. Sentí cómo me empujaste. Y no te bastó con eso. No han pasado ni cinco días desde que “morí” en el mar, y ya trajiste a tu amante a sentarse en mi sillón.
Valeria tragó saliva y retrocedió hacia la puerta. —Yo… yo no tengo nada que ver con esto. Él me dijo que se iban a divorciar, que la casa ya era suya…
Doña Carmen, temblando de pies a cabeza, se acercó a su hijo. Las lágrimas le escurrían por las arrugas