Durante dieciocho años le entregué mi juventud, mi dinero y mi paciencia a un hombre que me traicionó de la manera más baja, planeando un falso accidente náutico para tirarme al mar y apoderarse de la única propiedad que me quedaba en el mundo para entregársela a su amante en turno y a su madre alcahueta; logré sobrevivir de milagro a las aguas heladas y, cuando volví a casa diez días después con una carpeta de pruebas contundentes bajo el brazo, lo encontré brindando con champaña en la sala junto a su nueva familia; saqué mi teléfono, abrí el expediente de la fiscalía y le dije simplemente: “Salúdame a la policía cuando lleguen por ti”, antes de ver cómo su mundo perfecto se desmoronaba en mil pedazos frente a sus propios ojos.

Sentí tus manos en mi espalda, Diego. Sentí cómo me empujaste. Y no te bastó con eso. No han pasado ni cinco días desde que “morí” en el mar, y ya trajiste a tu amante a sentarse en mi sillón.

Valeria tragó saliva y retrocedió hacia la puerta. —Yo… yo no tengo nada que ver con esto. Él me dijo que se iban a divorciar, que la casa ya era suya…

Doña Carmen, temblando de pies a cabeza, se acercó a su hijo. Las lágrimas le escurrían por las arrugas