Durante dieciocho años le entregué mi juventud, mi dinero y mi paciencia a un hombre que me traicionó de la manera más baja, planeando un falso accidente náutico para tirarme al mar y apoderarse de la única propiedad que me quedaba en el mundo para entregársela a su amante en turno y a su madre alcahueta; logré sobrevivir de milagro a las aguas heladas y, cuando volví a casa diez días después con una carpeta de pruebas contundentes bajo el brazo, lo encontré brindando con champaña en la sala junto a su nueva familia; saqué mi teléfono, abrí el expediente de la fiscalía y le dije simplemente: “Salúdame a la policía cuando lleguen por ti”, antes de ver cómo su mundo perfecto se desmoronaba en mil pedazos frente a sus propios ojos.

el ciclo de mi vida con él—. Comimos pan duro juntos, te apoyé cuando no eras nadie. Te di millones de mis ahorros para salvar tu empresa. Y tú me pagaste intentando asesinarme en medio del mar oscuro para robarme lo que mis padres me dieron con tanto esfuerzo. No hay negociación, Diego. Te vas a enfrentar a la justicia.

Las semanas que siguieron fueron un torbellino legal y emocional. La noticia del fraude y la investigación por intento de homicidio llegaron a oídos de los socios de la constructora.