Durante dieciocho años le entregué mi juventud, mi dinero y mi paciencia a un hombre que me traicionó de la manera más baja, planeando un falso accidente náutico para tirarme al mar y apoderarse de la única propiedad que me quedaba en el mundo para entregársela a su amante en turno y a su madre alcahueta; logré sobrevivir de milagro a las aguas heladas y, cuando volví a casa diez días después con una carpeta de pruebas contundentes bajo el brazo, lo encontré brindando con champaña en la sala junto a su nueva familia; saqué mi teléfono, abrí el expediente de la fiscalía y le dije simplemente: “Salúdame a la policía cuando lleguen por ti”, antes de ver cómo su mundo perfecto se desmoronaba en mil pedazos frente a sus propios ojos.

No tardaron ni tres días en convocar una junta extraordinaria para destituirlo por completo de la empresa. Para evitar que el escándalo manchara el nombre de la compañía, le compraron sus acciones por una miseria y lo vetaron del gremio. Diego se quedó sin empresa, sin reputación y con las cuentas bancarias congeladas por la investigación penal.

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El divorcio fue rápido porque él no tenía manera de pelear absolutamente nada. Todo estaba documentado a mi favor. Las investigaciones revelaron las inconsistencias en sus declaraciones sobre lo que pasó en