ausente. Una noche, me pidió que hipotecara mi casa para pedir un préstamo de nueve millones de pesos al banco y salvar su negocio. Me negué. Ya le había dado casi dos millones de mis ahorros personales y no pensaba arriesgar el único patrimonio que me dejaron mis padres. A partir de ahí, se desató el infierno.
Doña Carmen me tachó de mala esposa. “En las buenas y en las malas, Lucía. Si no lo apoyas, no sirves para nada”, me soltó en la cara. Diego me dejó de hablar.