Durante dieciocho años le entregué mi juventud, mi dinero y mi paciencia a un hombre que me traicionó de la manera más baja, planeando un falso accidente náutico para tirarme al mar y apoderarse de la única propiedad que me quedaba en el mundo para entregársela a su amante en turno y a su madre alcahueta; logré sobrevivir de milagro a las aguas heladas y, cuando volví a casa diez días después con una carpeta de pruebas contundentes bajo el brazo, lo encontré brindando con champaña en la sala junto a su nueva familia; saqué mi teléfono, abrí el expediente de la fiscalía y le dije simplemente: “Salúdame a la policía cuando lleguen por ti”, antes de ver cómo su mundo perfecto se desmoronaba en mil pedazos frente a sus propios ojos.

ausente. Una noche, me pidió que hipotecara mi casa para pedir un préstamo de nueve millones de pesos al banco y salvar su negocio. Me negué. Ya le había dado casi dos millones de mis ahorros personales y no pensaba arriesgar el único patrimonio que me dejaron mis padres. A partir de ahí, se desató el infierno.

Doña Carmen me tachó de mala esposa. “En las buenas y en las malas, Lucía. Si no lo apoyas, no sirves para nada”, me soltó en la cara. Diego me dejó de hablar.