Unos días después, al regresar temprano del trabajo, caché a mi suegra hurgando en mi despacho, rebuscando entre los cajones donde guardaba las escrituras de la propiedad. Algo dentro de mí hizo clic. Esa misma tarde, saqué los documentos originales y los metí en una caja de seguridad en el banco.
Semanas después, Diego cambió de actitud radicalmente. Volvió a ser el hombre detallista del principio. Me trajo flores, me pidió perdón y me sorprendió con un viaje en yate por las costas de Puerto Vallarta para celebrar nuestro aniversario. “