Durante dieciocho años le entregué mi juventud, mi dinero y mi paciencia a un hombre que me traicionó de la manera más baja, planeando un falso accidente náutico para tirarme al mar y apoderarse de la única propiedad que me quedaba en el mundo para entregársela a su amante en turno y a su madre alcahueta; logré sobrevivir de milagro a las aguas heladas y, cuando volví a casa diez días después con una carpeta de pruebas contundentes bajo el brazo, lo encontré brindando con champaña en la sala junto a su nueva familia; saqué mi teléfono, abrí el expediente de la fiscalía y le dije simplemente: “Salúdame a la policía cuando lleguen por ti”, antes de ver cómo su mundo perfecto se desmoronaba en mil pedazos frente a sus propios ojos.

Quiero que arreglemos las cosas, mi amor”, me dijo con una sonrisa que me pareció genuina. Fui una ilusa.

El primer día en el mar, al caer la noche, el viento soplaba fuerte. Yo estaba en la cubierta trasera, mirando las olas oscuras, con el chaleco salvavidas puesto porque siempre le he tenido terror al mar. De pronto, escuché sus pasos detrás de mí. Cuando quise voltear, sentí un golpe brutal, seco y despiadado en la espalda. En ese instante, mientras perdía el equilibrio y caía al abismo helado, supe