en la oscuridad, llevándose al hombre por el que había dado los mejores años de mi vida.
No sé cuánto tiempo floté a la deriva. El frío me calaba hasta los huesos y el pánico me nublaba la mente. Solo pensaba en mi madre, Doña Rosa, quien acababa de ser operada de la rodilla y estaba viviendo temporalmente en mi casa. No podía morir y dejarla sola con esos buitres. Horas después, un pequeño barco pesquero me vio. Me subieron a bordo, temblando, casi hipotérmica, y me llevaron a un