Durante dieciocho años le entregué mi juventud, mi dinero y mi paciencia a un hombre que me traicionó de la manera más baja, planeando un falso accidente náutico para tirarme al mar y apoderarse de la única propiedad que me quedaba en el mundo para entregársela a su amante en turno y a su madre alcahueta; logré sobrevivir de milagro a las aguas heladas y, cuando volví a casa diez días después con una carpeta de pruebas contundentes bajo el brazo, lo encontré brindando con champaña en la sala junto a su nueva familia; saqué mi teléfono, abrí el expediente de la fiscalía y le dije simplemente: “Salúdame a la policía cuando lleguen por ti”, antes de ver cómo su mundo perfecto se desmoronaba en mil pedazos frente a sus propios ojos.

en la oscuridad, llevándose al hombre por el que había dado los mejores años de mi vida.

No sé cuánto tiempo floté a la deriva. El frío me calaba hasta los huesos y el pánico me nublaba la mente. Solo pensaba en mi madre, Doña Rosa, quien acababa de ser operada de la rodilla y estaba viviendo temporalmente en mi casa. No podía morir y dejarla sola con esos buitres. Horas después, un pequeño barco pesquero me vio. Me subieron a bordo, temblando, casi hipotérmica, y me llevaron a un