cada pieza, declaró a Chema inocente. Un suspiro colectivo recorrió la sala. Las niñas rompieron a llorar, la mujer desconocida sonrió con alivio desde un rincón, y Chema sintió que las piernas le fallaban después de sostener durante tanto tiempo el peso invisible de la injusticia.
El regreso a casa y las heridas invisibles
Salir del tribunal fue como despertar de una pesadilla. El sol brillaba sobre Ecatepec, pero su calor no lograba disolver del todo la tensión acumulada. Sofía se refugió en su pecho, Valeria lloró sobre su hombro