y Lucía se aferró a sus piernas. En ese abrazo cabía todo: el miedo, el alivio, el amor y la certeza de haber estado a punto de perderlo todo.
Durante las semanas siguientes, Chema recorrió su pequeña casa con otros ojos. La cocina, los muebles gastados, las fotografías antiguas… todo seguía en su lugar, pero él ya no era el mismo. Había descubierto que confiar en un desconocido podía salvarlo, pero también dejaba cicatrices profundas. La vulnerabilidad, comprendió, era el precio de la verdad.
Una familia transformada
Sus hijas también