cambiaron. Dejaron de verlo solo como el padre protector y comenzaron a reconocer en él a un hombre que había resistido, dudado, temido y peleado por ellas. La relación se volvió más honesta, más adulta, más compartida. Ya no era él quien cargaba todo el peso: ahora caminaban juntos.
Chema se miró al espejo y vio a un hombre más viejo, con arrugas nuevas y ojos cansados, pero también con una serenidad que antes no tenía. No era felicidad perfecta, sino aceptación. Había aprendido que la vida no se mide