apenas cinco días atrás, con el sello de una clínica ginecológica privada en Ginebra.
Antes de que mi mente pudiera procesar la imagen, una notificación cifrada apareció en el centro del cristal:
«La transferencia del millón ya cayó a la cuenta de la clínica suiza. Espero que disfrutes tu noche con ella, mi amor… Recuerda que la estúpida solo tenía que firmar el acta para que el fideicomiso se active y tus hijos sean los únicos herederos legítimos. Ni se te ocurra tocarla».
El remitente era Valentina.
Valentina, la supuesta «