oscuridad.
—Dios mío.
Encendí la luz.
La escalera bajaba hacia un sótano que recordaba lleno de herramientas, cajas navideñas y conservas de mamá.
Ahora había una
segunda pared al fondo.
Madera nueva.
Una puerta improvisada.
—Shawn —dijo Brenda detrás de mí—. Déjame explicarte primero.
Bajé.
—¡Shawn!
Corrí hasta la puerta.
Estaba cerrada por fuera con un cerrojo.
Lo abrí.
—¿Papá?
Nada.
—¿Mamá?
Escuché una respiración.
Encendí la linterna del teléfono.
Y el mundo se me partió.
Mi padre estaba tendido sobre un colchón.
Pesaba quizá veinte kilos menos de lo