instantánea, galletas y dos sobres de avena.
Eso era lo que mi marido había considerado suficiente para nosotras.
Entonces pensé con una claridad dolorosa: si me quedaba, mi hija crecería viendo a su madre pedir permiso hasta para comprarle comida.
Tomé el teléfono. Mi dedo tembló sobre un contacto que llevaba casi seis meses sin llamar.
“Mamá”.
Contestó al segundo tono.
—¿Bueno, Mariana?
—Mamá… ¿puedo llevar a Sofía a casa para Año Nuevo?
Esperaba reproches. Un “te lo dijimos”.
Pero sólo respondió:
—Claro, hija. Aquí siempre hay lugar para ustedes