Mi hija decía que su cama se hacía pequeña cada noche. Pensé que era imaginación infantil… hasta que una cámara a las 2:13 de la madrugada me mostró a mi esposo llorando junto a ella.L

cama. La cobija estaba arrugada del lado izquierdo, justo donde Rodrigo se había acostado. La lámpara de luna seguía encendida, lanzando una luz amarilla sobre sus pestañas.

Metí la mano debajo de la almohada.

No había nada.

Busqué entre las sábanas, bajo los peluches, detrás de la cabecera. Nada. Entonces vi un listón rosa atorado entre el colchón y la base.

Lo jalé con cuidado.

Era una pulsera de hospital vieja, amarillenta, casi borrada. Tenía una etiqueta con letras débiles.

Alcancé a leer:

“L. Salgado R.”

Debajo venía una fecha.