se hace chiquita, mi amor? —le pregunté, tratando de sonreír.
Valentina tenía ocho años y dormía sola desde los cuatro. No porque yo fuera una madre dura, sino porque siempre creí que una niña debía sentirse segura en su propio cuarto. Y su recámara era hermosa: paredes color crema, una lámpara en forma de luna, repisas blancas llenas de cuentos, peluches y una cama matrimonial que mi esposo, Rodrigo, había comprado diciendo:
—Para que nuestra princesa duerma como reina.
Rodrigo era cirujano en un hospital privado de Santa Fe. Un