no llegó a vivir conmigo de inmediato.
Y aunque me dolía, entendí que era lo correcto. No se puede arrancar a una niña de una vida y empujarla a otra solo porque la sangre grite. Hubo psicólogas, audiencias, visitas supervisadas y noches en que Valentina me preguntaba si su hermana vendría pronto a dormir.
Un día vino.
Puse dos camas en el cuarto de Valentina.
Dos.
Separadas.
Grandes.
Limpias.
Compré sábanas nuevas en el mercado de Portales y dos lamparitas: una de luna y otra de estrella.
—¿Y si quiero