té de manzanilla, escuchando la respiración de mis hijas. Afuera pasó el silbato del camotero, largo y triste, perdiéndose por la calle como un recuerdo que ya no podía hacernos daño.
A las 2:13 abrí los ojos.
El cuarto estaba quieto.
Valentina dormía de lado.
Lucía dormía boca arriba, con una mano fuera de la cobija.
Nadie entró.
Nadie lloró escondido.
Nadie puso una pulsera debajo de una almohada.
Me levanté despacio y les acomodé las cobijas, primero a una, luego a la otra.
Entonces entendí algo terrible y