helada:
—Mamá… ¿tú entraste anoche a mi cuarto?
Levanté la vista.
—No, mi vida. ¿Por qué?
Valentina bajó la voz.
—Porque sentí que alguien se acostó conmigo.
Esa noche se lo conté a Rodrigo. Llegó casi a las once, con olor a hospital, camisa impecable y el rostro de quien no quiere escuchar problemas domésticos.
—Los niños inventan cosas, Inés —dijo, sirviéndose agua.
—Valentina no está inventando.
—Está creciendo. Sueña. Se mueve dormida.
—Me preguntó si yo entré a su cuarto.
Rodrigo me miró con fastidio.
—Nuestra casa está cerrada,